martes, 7 de enero de 2020

EL SUEGRO Y LA NUERA


Colaboración de Paco Pérez
Una tarde salí de casa para reciclar en los contenedores que hay en el callejón de “Los Lagartos” y me percaté de que Frasco El Trapero caminaba unos metros más adelante y en la misma dirección, lo hacía acompañado de su varilla pero, como ya no es un chaval, pues pude darle alcance pronto y, al llegar junto a él, le hice esta pregunta:
- ¿Qué negocio llevarás entre manos a estas horas y por este barrio?
Al reconocerme se cambió de acera cuando observó que iba cargado de bolsas y, mientras reciclaba, dio respuesta a la pregunta que le hice:
- Como estamos los dos abuelos en la casa solos desde que nos levantamos esta mañana pues ya hemos acabado hoy con los temas y para no estar allí sentado con “callar y callemos” pues me he salido para dar una vuelta antes de que se ponga el sol.

Mientras me respondía golpeaba el suelo con la bardusca, yo iba de un contenedor a otro y él, por la acción que estaba realizando y por la razón que me dio para salir de paseo, viajó al pasado y me narró una historia que fue protagonizada por su prima Francisca GarcíaLa Pintá” y Antonio José GuijarroEl Chato”, su suegro.
Antonio José casó con Ana María y tuvieron un hijo al que pusieron el nombre de José. Éste, con el paso de los años se casó con Francisca y como entonces era complicado hacer una vivienda a los hijos pues los padres les propusieron que vivieran con ellos pues al ser hijo único, más tarde o más temprano, ellos desaparecerían y la casa la heredarían los jóvenes esposos.
Durante algunos años la convivencia fue buena pero llegó un momento en el que la nuera y el suegro chocaban con más frecuencia de lo habitual, hasta el punto de que no se dirigían la palabra.
Sabemos que lo normal es que estos problemas los tengan las suegras y las nueras, hasta hay una planta cuyas flores reflejan cómo son esas relaciones familiares, dándose la espalda.
En este caso ellas convivían muy bien pero al morir la suegra Antonio José y la nuera siguieron sin hacer las paces y por esa razón, durante el día, él tenía complicado dialogar en la casa porque el hijo estaba en el trabajo y los nietos en la escuela. Como este comportamiento anómalo duraba ya algún tiempo pues llegó hasta los oídos de Francisca, madre de Frasco y tía de la nuera, y ella, por su cuenta, tomó la decisión de intervenir para arreglar la situación. Para arreglarlo habló por separado con el suegro, con la sobrina y con el hijo pues si lo hacía con los tres a la vez la podía acusar Antonio José de apoyar a su sobrina y a José lo iba a meter en una situación complicada al tener que opinar sobre quién llevaba razón, el padre o su esposa.
Un día se encontró con el suegro y le preguntó:
- ¿Cómo sigue el ambiente en la familia?
– Pues como siempre – le respondió él.
¿Cuándo pensáis dejar los caprichos a un lado y daros cuenta que lo que hacéis no está bien?
Él no respondió y ella continuó hablando:
- Te la estás buscando y tú vas a salir perdiendo.
Estas palabras hicieron reaccionar a Antonio José y le preguntó:
- ¿Por qué voy a perder yo?
– Porque vas a dar lugar a que tu hijo se cansé de la situación, se vaya a vivir a otra casa, tú te quedarás solo y entonces… ¿Quién acudirá a cuidarte?
Esta respuesta lo dejó pensativo y se despidieron.
Francisca y su sobrina se encontraban con frecuencia en la casa de su hermano MiguelilloEl Pintao” y allí le hablaba a ella con energía para aconsejarle que debían acabar ya con la situación.
Cuando tuvo a los contendientes maduros cogió a José y le dijo:
- Esta noche le voy a decir a mi hijo Juan que vaya a tu casa con el achaque de que te necesita para resolver un asunto, después os marcháis al bar y no regresáis hasta las tres de la madrugada. Así, cuando llegue la hora de cenar y no hayas vuelto que mediten bien el asunto y que después decidan qué deben hacer, seguir callando o preguntarse qué te habría pasado para que no hubieras vuelto.
Como la costumbre de entonces era comer toda la familia junta pues, al no venir José, ella dio de cenar a los niños, los acostó y los dos cabezotas siguieron sentados junto a la lumbre, no cenaron y estuvieron callados varias horas, sin mirarse y sin dirigirse la palabra.
Eran ya las dos de la madrugada y el suegro, con la bardusca que tenía en la mano, golpeaba el suelo y después de un rato haciendo lo mismo comenzó a dar carcajadas; la nuera lo miró sorprendida al verlo reír con tanta fuerza, se contagió con la risa del suegro y ella también comenzó a reírse durante un rato. Cuando lograron calmarse tomó la palabra el suegro y le dijo:
- Bueno, Francisca… ¿Por qué mus reímos nusotros ahora?
Francisca no le respondió, se arrancó otra ve a reír al escuchar lo que le dijo, él también empezó de nuevo a reírse y, cuando estaban así, ese presentó el que faltaba, al verlos tan felices se alegró de haber escuchado los consejos que le dio la madre de “Frasco”, se abrazaron, cenaron con naturalidad y ya se acabó el enfado en aquella casa.



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