jueves, 6 de agosto de 2015

NUESTRO ACERVO LIGÜÍSTICO Y POÉTICO: DE DISEÑOS, ROMANCES Y TRAPAJAZOS

Colaboración de Juan Martínez Terrones
Dedicado a mi abuelita Antonia, que con tantos años y tanta memoria sigue siendo un tesoro de perlas lingüísticas preciosas y antiguas.

Los villargordeños gozamos de un rico entorno cultural que se plasma en una rico caudal lingüístico propio, compuesto por un sinnúmero de palabras y giros distintivos, que nos traen un sabor particular y entrañable y cuyo origen intuimos remoto y atribuimos a nuestros antepasados. El grueso de las palabras que identificamos como villargordeñas son perlas antiguas de un tesoro lingüístico conservado, las cuales se encuentran en los autores más prestigiosos de la literatura española, sea con idéntica forma, sea en una variante alterada por el habla local. Se añade una tradición de poemillas transmitidos hasta nuestros mayores por vía oral, sin mediación de lo escrito, desde tiempos antiguos.

Quienes mejor utilizan la lengua patrimonial de nuestro pueblo, más suelen subestimar su riqueza y calidad, me parece. Es difícil aprender a valorar las cualidades de una lengua (y literatura) transmitida oralmente sin soporte de la escritura, antes de la escolarización generalizada y de la invasión vulgarizante de los medios de comunicación. Pero lo cierto es que la lengua oral se despliega con maestría en sociedades iletradas (que no ignorantes) como expresión de una cultura ancestral. Esto vale tanto para el Villargordo anterior a la televisión como también para las civilizaciones de la Antigüedad y las culturas medievales europeas.
De entrada, conviene saber que hablamos correctamente cuando decimos andorrero, meco, resabiado, azogue, barraquera, cascar, cazoletero (con un significado distinto en el diccionario), cepazo, curiana, mandil, regomeyo, transminar, zalear, palabras recogidas en el Diccionario de la Real Academia.
Las palabras propias de Villargordo nacieron, en parte, por desplazamiento de un significado anterior (metáfora significa desplazamiento) o un evolución divergente de la lengua general; también las hay que derivan de palabras corrientes en todas partes, las cuales se han desfigurado tanto, que apenas se reconoce su forma original, como farriar (procedente de desvariar) o faratar (de desbaratar), o posiblemente calcucero (de alcucero y esta, de alcuza, que es una vasija para guardar aceite u otros productos); otras pocas son creaciones mayormente ingeniosas, que llegaron a consolidarse con el uso.
A modo de ejemplo, ¿conoce alguien una palabra más villargordeña que diñuelo? También la emplean en pueblos de Córdoba, entre otros lugares, y como término técnico en la remota Colombia, donde los artesanos la emplean con el significado de conjunto de hilos preparados por la urdidera para formar un telar. Por lo demás, nos sorprende de primeras que muy pocos la entiendan fuera de nuestro entorno.
Diñuelo es una evolución nuestra de liñuelo, esto es: la palabra lino con la forma añadida del diminutivo –uelo [La terminación de diminutivo –uelo se utilizaba muy a menudo durante el Siglo de Oro español, por lo que es probable que la palabra liñuelo se formase en aquella época.]. Al principio significaba cabo o ramal de una cuerda y, más tarde, en Villargordo, adquirió el significado más específico para designar una cuerda para tender la ropa. Lino viene del latín linum, que también significa hilo o cuerda, en particular el hecho de la planta que tiene el mismo nombre.
El habla villargordeña se explica por características compartidas con todo el andaluz oriental además de otros elementos exclusivos. El diminutivo acabado en –ico / -ica (mocico, bonico, etc.) es común a todo el andaluz oriental, al murciano y al aragonés, pero el castellano clásico del siglo XVI también lo utilizaba mucho en las dos Castillas. En esa época, la terminación más corriente en español era –illo / -illa (poquillo, pañolillo, etc.), que en Villargordo sigue siendo el más común en lugar del –ito / -ita.
En particular destacan dos fenómenos: la pérdida de sonidos en situaciones determinadas y el cambio de significado de una palabra al designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o el todo por la parte.
Entre los segundos cuenta una palabra tan genuina como porla: una creación reciente al tomarse la parte por el todo o, en concreto, el material por la obra: el nombre de porla deriva del material con el que las aceras se construyeron a partir de la segunda mitad del siglo XIX: el cemento de Pórtland, cuyo color se asemeja al de la piedra de las canteras de la isla inglesa de Pórtland. He aquí la odisea de las palabras: atravesando venturosos caminos, una isla inglesa ha venido a parar a Villargordo para darnos la palabra porla.
Respecto a la evolución genuina de los sonidos de un vocablo, destaca la pérdida de la d al principio y al final de una palabra (por ejemplo, esaborío en lugar de desaborido, es decir: soso, que no tiene sabor) y la supresión de s al final de sílaba o un vocablo.
Todas las lenguas y sus variantes están sometidas a fenómenos regulares que alteran la naturaleza de los sonidos. Un ejemplo: disgusto pasa a pronunciarse dijusto al perderse la s detrás de la i. Asimismo, desgraciado pasó a esgraciado y después, tras la pérdida de la s, a ejraciao [En ejracia(d)o se observan la pérdida de la d al principio de palabra, el paso de g a j, y el desplazamiento del significado.], que además cambió de significado. Pero en un tiempo posterior a la vigencia de esta ley de alteración de sonidos, volvió la palabra desgraciado y ya permaneció en nuestro pueblo tal cual, sin cambios significativos. Por eso, en Villargordo se dicen dos palabras que tienen el mismo origen, pero significados distintos: ejracia(d)o y desgraciado. Y el habla popular dotó a cada variante de significados especiales. Algo parecido vemos en nuestros verbos faratarse y farriarse, mentadas más arriba.
Aserjado es otra palabra ilustrativa al respecto. No la recoge el diccionario, pero es plausible suponer su origen en la palabra sesgo. La forma inicial sería asesgado; con la pérdida de la s detrás de vocal, se habría convertido en asejado y, de ahí, en aserja(d)o, con una r que resulta de una reinterpretación popular de la palabra.
También se debe a una interpretación vulgar la palabra lule, que resulta de una mala separación de el hule, dado que suena igual del hule y del lule. La forma admitida generalmente es hule.
Mención aparte merecen significados y creaciones muy particulares. Así, zancarreta se compone de la raíz zanca (pata larga y delgada) con un añadido –arreta, vacío de significado. Por otro lado, fartusco, que también se dice mucho en Córdoba, quizá proceda de falta y el sufijo despectivo y quizá humorístico –usco. La práctica locución prepositiva a se (en la frase «voy a se mi prima Paqui») proviene de la contracción de a casa de (a [ca]s[a d]e).
Considérese además trapajazo, que está formado sobre trapajo, que es una variante despectiva de trapo, y el sufijo –azo, que significa golpe y también se encuentra en las palabras generales como manotazo o cepazo; cepazo, por su parte, debe de estar formado a partir de cepo y es plausible interpretarlo como un vocablo expresivo que designa un golpe tan fuerte como el que un animal se da al caer en un cepo; asobinado es forma del verbo asobinar, que procede del latín supinare, relacionado con el adjetivo latino supinus, que significa «tumbado de espaldas»; este supinus comparte raíz a su vez con el latín supra y con el español sobre (en el sentido de encima de); ardiles, en la frase «tener ardiles», es una alteración de la palabra ardid, hoy día poco usada, que significa maña o artificio, de manera que «no tener ardiles» significa en origen no tener maña, no tener vista para nada.
Ahora bien, las más son palabras sobrevivientes de un castellano clásico y tradicional, infinitamente más rico y genuino que el de las apenas sesenta o cien palabras con que se apañan muchos aparentes letrados y verdaderos ignorantes de las ciudades, empezando por muchos medios de comunicación.
Sin ir más lejos: hogaño, palabra de nuestros abuelos, goza de elevado prestigio en medios académicos. Con razón, es tan antigua que, procedente del latín, se ha venido usando casi invariablemente desde hace unos 2500 años hasta hace muy poco. Sin embargo, a nosotros nos suena a anticuada y poco refinada.
Véase a modo de muestra este pasaje de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha:
«Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo […].»
Siendo una palabra clásica, la reencontramos en todas partes: Mateo Alemán, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, por mentar sólo unos cuantos escritores.
Tarascada, que puede parecernos invención de un cortijero local, ya la utilizaba alrededor del 1630 Rojas Zorrilla en sus poemas, como vemos:
«A Arnesto que con afán / llevó la rabia amolada, / le cascó una tarascada / en la talega del pan / el clérigo o estudiante, / mas quedó del golpe tal, / que no comerá más sal […].»
Tarascada guarda relación con el verbo tarascar, que viene del latín tratiare y significa morder –dicho de un perro– o destruir con los dientes algo.
Entre las palabras de pronunciación alterada se encuentra escalichado, en origen con la forma desgalichado, que aparece en obras de Pío Baroja, Gómez de la Serna y que ya utiliza hacia el 1839 el Duque de Rivas:
«Queda el pobre viajero corrido de verse tan desgalichado y sucio entre damas tan atildadas, por mas que le retoza la risa en el cuerpo notando lo etereoclito de su atavío.»
Desgalichado parece ser un cruce de las palabras desgalibado –formada sobre gálibo– y desdichado. En Villargordo se pronuncia con pérdida de la d al principio de palabra.
Testero es utilizado con el sentido de muro principal por muchos escritores modernos. Tampoco yerbazal es palabra incorrecta, sino antigua y admitida por el Diccionario de la Real Academia, el cual informa de su uso actual en México y Cuba.
Tabardillo aparece en muchos autores de prestigio. Sirva como ejemplo la categórica frase extraída de Tristana, de Pérez Galdós:
«Eres más mala que un tabardillo.»
El mismo autor dignifica en sus novelas el diminutivo zagalillo.
Badil, que yo nunca había oído fuera del pueblo, resulta ser tan antigua, que ya aparece en textos anónimos de 1252, siendo pues una palabra genuina, patrimonial y más precisa que el por lo demás usual recogedor. Badil es propiamente una paleta de metal para recoger ceniza o remover la lumbre y es tan antigua, que los romanos en latín clásico ya decían batillum, con ese mismo significado. Utilizan badil Francisco de Quevedo y el Arcipreste de Hita.
Volviendo más cerca en el tiempo, hacendosa la utilizan en sus obras Emilia Pardo Bazán y Juan Marsé, con el mismo significado que conocemos en Villargordo.
Nuestra conjunción temporal de que también tiene uso en el español clásico, aunque ya no se considera propia del moderno estándar.
Es el caso también de vivalavirgen, que utiliza José Manuel Caballero Bonald, escritor galardonado con el Premio Cervantes el año pasado:
«Andando el tiempo, cuando Encarna se casó con Paco Páez, un vivalavirgen que se agarraba a lo que fuese […].»
Está bien saber que hablamos más que correctamente cuando decimos portañuela, palabra refrendada en el uso por Guillermo Cabrera Infante, entre otros, o bien golfante, usada no sólo por nuestros abuelos, sino también por Camilo José Cela.
Brinquemos ahora desde los vocablos del habla coloquial hasta las palabras enlazadas en forma de poesía oral: nuestros mayores aún conservan la memoria de un cancionero antiguo, consistente en piezas de raíz tradicional castellana, compuesto por poemillas cuyo origen se halla en el fondo de la Edad Media y que se han transmitido de viva voz de padres a hijos.
Sirva de ejemplo el Romance de Gerineldo: una pieza sobresaliente de la tradición oral castellana, que gozó de una enorme difusión en siglos pasados. El romance debió de circular en la provincia de Jaén y además ha sido atestiguado con diferentes variantes en Castilla, Andalucía, Extremadura y hasta entre los judíos procedentes de España establecidos en Marruecos. El Romance de Gerineldo narra cómo una infanta seduce a un criado y ambos son descubiertos por el rey y padre de la princesa, el cual les propone el matrimonio para resolver el desorden.
Existen un sinfín de versiones, algunas conocidas por pliegos impresos en el siglo XVI. Este romance lo aprendió la vecina de Villargordo Antonia Carretero Gámez, siendo moza, de quienes a su vez lo habían aprendido de sus padres o abuelos, y ahora lo recuerda a sus 94 años, constituyendo el último eslabón en la cadena de transmisión que duraba ya tantos siglos. Un día de 2015 lo declamó de memoria a su hija Luisa Terrones y lo anotó:

—Gerineldo, Gerineldo,
Gerineldito pulido,
¡quién te pudiera pillar
tres horas a mi albedrío!

—Señora, como soy criado,
burlaros queréis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.

—Decidme, mi señora,
¿a qué hora he de ser venido?

—Entre las doce y la una,
cuando el rey ya esté dormido.

Entre las doce y la una,
Gerineldito ha salido
con zapatos de seda,
para que no sea sentido.
Dos vueltas le dio al palacio
y otras tantas al castillo;
viendo que no abría nadie,
al cuarto de la infanta ha ido.
El rey los encontró durmiendo,
como mujer y marido;
y les puso su espada por medio,
para que sirviera de testigo.
Con el frío de la espada,
la infanta se ha resentido:

—¡Levántate, Gerineldo,
Gerineldito pulido!
Que la espada de mi padre
entre los dos ha dormido.

—¿Por dónde me voy, señora?,
¿por dónde me iré, Dios mío?

—Vete por esos jardines,
cogiendo flores y lirios.
El rey, que estaba al acecho,
al encuentro le ha salido:

—¿Dónde vas, Gerineldo,
pálido y descolorido?

—Señor, por vuestros jardines vengo
cogiendo flores y lirios.

—La rosa que tú coges
está dentro de mi castillo.

—¡Matadme, señor, matadme,
si yo debo algún delito!

—No te mato, Gerineldo,
que te crié desde niño.
Te casarás con la infanta,
serás mi yerno querido.

—Tengo la promesa hecha
con la virgen de la Estrella:
la mujer que yo gozara,
he de casarme con ella.

El acervo lingüístico propio y la tradición de nuestro cancionero son una herramienta del pensamiento y, junto al conocimiento de nuestra variante del castellano, nos ayuda a conocernos mejor. La actitud respecto a la variante lingüística propia reproduce el valor que uno concede a su propia cultura, entendida esta como el modo de vida tradicional, las costumbres propias y los conocimientos heredados locales.
El conocimiento del habla tradicional protege contra la moderna perversión del lenguaje actual, superficial y vacío, que propagan los medios de comunicación. A este respecto constata el filósofo Emilio Lledó: «Es terrible, se observa la vaciedad, el montarnos a caballo sobre frases hechas. “Hay que poner en valor” […] ¿Pero qué es eso? Abunda la palabra abstracta demagógicamente utilizada y carente de sentido. […] Debemos alimentar la libertad de las palabras para que sean motivo de sugerencia, sean estímulo de pensamiento, sean libertad.» Conozcamos, pues, nuestras propias palabras, llenas de historia, ricas en sentido, estimulantes de la mente y sensaciones íntimas.
Villargordo conserva una riqueza lingüística patrimonial, que las grandes ciudades han ido perdiendo en perjuicio de la lengua. Este tesoro nos protege contra la banalización de la lengua y del pensamiento, y merece ser cuidado como patrimonio de nuestro pueblo. Lo ideal es valorar, conociéndolas, las variantes genuinas de nuestro pueblo y los equivalentes de la lengua general para, sabiendo discernir unas de otros, utilizar las alternativas apropiadas según la situación.

Agradezco a Francisco Pérez el impulso que amablemente me procuró para que redactara una primera versión del artículo, que publicó en el loable blog (villargordonosreune.blogspot.com.es) y yo ahora he corregido y ampliado.

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