miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA ANIQUILACIÓN DEL ECOSISTEMA DE VILLARGORDO “EL OLIVAR”

Colaboración de Ramón Jiménez Fernández y Paco Pérez
Con Ramón Jiménez Fernández comparto la afición por la fotografía e impulsados por ella salimos, de vez en cuando, por nuestros campos para disfrutar con las estampas que nos muestran éstos y captarlas con las cámaras. En una de nuestras salidas fuimos observando y grabando los encuadres más llamativos de los parajes de nuestro entorno próximo. Uno de los temas que más ocupó nuestra conversación fue el que nos inspiró la contemplación del deplorable deterioro que presentaban ciertos olivos, algunos ya estaban secos y otros en vía de estarlo.



De regreso, pasamos por el “Cerro San Cristóbal” y en sus tierras encontramos los excrementos que los caballos que pastan en ese erial le habían regalado al terreno de ese minúsculo reducto que todavía queda en nuestro entorno sin olivos. 
Nos alegró mucho el volver a presenciar una estampa inusual de estos tiempos locos pues cuando éramos niños ni reparábamos en el estiércol que había por todos los campos y ahora, cuando ya no se dan estas estampas labriegas, es cuando valoramos lo que se ha perdido en la agricultura con su desaparición.
Al observar las boñigas grabamos algunas imágenes de ellas, Ramón viajó hasta su niñez y se acordó de un animal que ya había desaparecido de nuestro entorno, el “Escarabajo pelotero”= “Escarabaeus laticollis”.
Seguimos caminando, hablando del tema y el amigo Ramón recordó que ese animal vivió feliz entre nosotros desde tiempos inmemoriales hasta que le entró a nuestros agricultores la locura de los productos químicos, más o menos, en la segunda mitad del S. XX.
¿Qué ocurrió entonces?
Que los productos químicos y los tractores hicieron su aparición en el mercado, ambas innovaciones tecnológicas ocasionaron que nuestros campos ya no fueran laboreados con equinos, que las boñigas no estercolaran nuestras tierras, que los “Escarabajos peloteros” no pudieran hacer sus pelotas y que desaparecieran de nuestros campos poco a poco. Así están ahora:


Hoy, en pleno S. XXI, podemos presumir de tener de todo pero también tendremos que reconocer que nuestros campos están con algunas boñigas pero aisladas y sin los “Escarabaeus laticollis”.
En la tertulia del café, jugando al ajedrez con los jóvenes, les conté esta pequeña anécdota y uno me preguntó:
- ¿Qué bicharraco tiene ese nombre tan raro?
- Da igual llamarlo con ese nombre que con el que vulgarmente lo hemos conocido las personas de mi edad o mayores, el “Escarabajo pelotero” –le contesté.
- Llevas razón no he escuchado ese nombre en mi vida –me respondió.
– No te preocupes tío, lo tuyo es escribir en el
WhatsApp a todas horas, para no aburrirte, textos cortos que no te lleven a hacer mucho esfuerzo. Por ejemplo: [t k tía] en vez de [Te quiero tía].
Después de esta respuesta se rieron un montón porque era su jerga y lo que realmente les molaba.
Al llegar a casa abri los archivos fotográficos y entonces mi mente se puso en marcha de inmediato, recordó los temas tratados y me transportó al recuerdo imborrable de aquellas escenas labriegas en las que acompañando a mi padre, al atardecer, íbamos hasta una parcela de olivar que está situada en el paraje conocido como “Los Llanos”, nosotros la llamábamos “Retama”. Este nombre se lo pusimos porque en el “partior” había muchas plantas y, entre ellas este matorral cuyo nombre científico es “Retama Sphaerocarpa”.
En aquellos años, personas expertas en el tema agrícola empezaron a hablar maravillas de los tratamientos que habían empezado a aparecer en el mercado para combatir las plagas. Mi padre era un lego en el tema agrícola porque comía de la escuela pero otros que vivían del terruño también picaron el anzuelo y se creyeron los nuevos discursos sobre “fungicidas”, “plaguicidas” y “herbicidas”. La aplicación de estos remedios alcanzó su máximo esplendor en la década de los ochenta y Villargordo se apuntó también a tratar sus plantas con las avionetas del paisano Sebastián Almagro Castellano, el pariente de José Carlos Castellano Calles, al que él rindió, con sus escritos y fotos, un sentido homenaje póstumo en “Villargordo nos reúne”.

En las eras de la “Dehesa Boyar”, en una ocasión, y en las del “Ejido Moya”, en otra, Sebastián aterrizaba y despegaba para cargar los productos químicos en la panza de su avioneta. La verdad, esos días los niños disfrutábamos con el espectáculo de los despegues y aterrizajes.
Cuentan que algunos atrevidos villargordeños, muy amigos de él, fueron invitados a presenciar desde las alturas cómo realizaba su trabajo y lo que no contaron después éstos intrépidos fue el olor nauseabundo que le dejaron a Sebastián en la cabina como moneda de pago por el viaje realizado.
Mi padre decidió que había que fumigar las olivas porque se calentó cuando escuchó las bondades de esa acción, creyó en ellas, consideró de gran importancia hacerlo y se puso manos a la obra. Entonces, a pequeña escala, la operación se realizaba con una máquina sencilla cuyo mecanismo consistía en un depósito para los polvos mágicos, un manubrio que movía las aspas de un ventilador, éste impulsaba el producto hacia el exterior y por un largo tubo salía al exterior espolvoreado. La máquina iba colgada de los hombros del fumigador a la altura del estómago, con una mano movía el manubrio y con la otra manejaba el tubo hacia la parte del olivo que se quería curar.
Como a todos los sitios se iba a música talón porque el mejor vehículo de entonces era una bicicleta de la marca “Orbea”, nosotros no teníamos ni esa maravilla primitiva, pues uno se cargó la máquina a las espaladas y el otro el saco de los polvos al hombro… ¡¡¡Menuda industria se inventó mi padre!!!
Al volver a casa majados, ya de noche, él debió de acordarse del refranero popular: [Santo Tomás, una y no más] o [De los escarmentados nacen los avisados].Debió de ser por eso, o algo parecido, pero lo cierto es que yo no recuerdo que repitiéramos el experimento agrícola.
¿Por qué saco del baúl de los recuerdos esta escena?
A los villargordeños nos han bastado cincuenta años de nuestra vida para conseguir que el “Olivar”, nuestro ecosistema, haya sido destruido de manera irreversible.
¿Por qué sentencio con tanta rotundidad?
He viajado hasta comienzos de la década de los años sesenta, cincuenta años nos separan de esa vivencia, y me ha sobrado tiempo para poder comprobar el proceso evolutivo de ese deterioro.
Recuerdo que con esa edad se araba el olivar sólo con mulos y, éstos no podían entrar hasta los troncos de los olivos, pues debajo de ellos, por esa razón, se quedaban unas isletas sin arar y éstas permitían a la hierba crecer de manera espontánea. Después, los agricultores cavaban esos suelos con las azadas y otros no podían o no tenían ganas de doblar el eje.
Hubo un tiempo en el que otros, muy avanzados ellos, descubrieron que había que limpiarle a las raíces las “tortoleras”, así llamaban ellos a los pelos absorbentes de los olivos. Los resultados fueron calamitosos y durante unos años bajó la cosecha porque los olivos no podían chupar sus alimentos.
Entonces, entre parcela y parcela solía haber unas zonas de tránsito para los animales, conocidas vulgarmente como “madres”. 

También había eriales, espacios no cultivados por estar situados en zonas de difícil laboreo o inaccesibles, los que permitían crecer a las plantas de manera silvestre y dar cobijo a los animales para criar.
Pasan los años, entran en juego los TRACTORES, y con ellos ya se podía arar hasta los troncos y algunas zonas no cultivadas pasan a ser aprovechadas. Esta nueva situación hace que los animales queden sin protección o no puedan nacer.

Antes de los tractores el elemento estrella de los campos era la “HIERBA” y, gracia a ella, el EcosistemaEl Olivar” podía funcionar… ¿Cómo?
Alrededor de los hierbazales los insectos ponían sus huevos para procrear y una vez nacidos los animales alados de ese entorno se alimentaban. Las plantas crecían, se desarrollaban y daban las semillas que servirían para alimentar a los pájaros del lugar, éstos harían sus nidos en los árboles o en la maleza, en nuestro ecosistema era frecuente salir al olivar para buscar los nidos de “tórtola”, todos los abuelos o padres los buscaban para regalárselos a los pequeños, por ejemplo. Los pájaros se alimentaban de los insectos que dañaban a los olivares y otros árboles. Las alimañas carnívoras los cazaban acechándolos escondidas y los alados grandes, a su vez, las sorprendían a ellas con sus vuelos rápidos y picados.
A grandes rasgos este era el secreto de la “CADENA ALIMENTARIA” de nuestro ecosistema, “El OLIVAR”. Por ello, cuando se suprimió uno de los eslabones de ella todo quedó arruinado, nosotros lo hemos conseguido porque hemos matado las “HIERBAS” y dejado los suelos en perfecto estado de revista. Vean cómo tenemos nuestros olivares de hierbas, fíjense bien:
Otro ejemplo que tenemos en Villargordo de destrucción está en el “Coto de Caza”… ¿Qué ocurre?
La “perdiz” es la figura estelar de él y se la han cargado con dos acciones destructoras:
1ª.- Como no hay hierbas ellas no pueden esconder sus nidos, los hacen en cualquier lugar desprotegido y las alimañas se comen los huevos. El cazador, que es el mayor depredador, también los busca y, cuando los encuentra, se los lleva a casa para echarlos a las gallinas y obtener ejemplares que le permitan vender los pollos después o ir con ellos a la caza del “Cuco” o “Reclamo”.
2ª.- Como hay en el coto más escopetas afiliadas que perdices nacen pues se han cargado a la perdiz autóctona del lugar y para repoblarlo le sueltan perdices criadas en granjas, solución no válida porque no tienen chispa.
¿Será posible solucionar el problema que le hemos ocasionado a nuestro ecosistema?
Lo veo difícil, por no decir imposible. Pienso así porque el modelo de laboreo que tenemos ahora ha entrado en un camino de no retorno debido a que los costes de producción son la causa principal de la situación actual. Los salarios altos no podrían pagarse recogiendo la aceituna, una a una, y en suelos con hierba.
Estamos condenados a la destrucción porque si en este periodo corto de tiempo hemos involucionado tanto… ¿Qué sucederá cuando sigamos haciendo lo mismo otros cincuenta años más?
Los olivos se secan ahora y ningún listillo le da en la tecla… ¿Por qué será?
Durante muchos años hemos echado  a los suelos “Semacina” para impedir el nacimiento de la hierba, al principio se echaban dos litros por cuba de tres mil, y en años alternos. Después el suelo se hizo resistente a ella, como le ocurre al cuerpo con los antibióticos cuando no los usamos bien, y las dosis pasaron a ser más elevadas y anuales, algunos chiquitos hablaban de haber echado hasta veinte litros por cada tres mil de agua… ¡¡¡Una auténtica barbaridad!!!

Las curas del árbol con pistola hacen que el líquido chorree sobre el suelo, hay que hacerlo atomizado y por impacto, no a chorro. Otro elemento tóxico para el árbol y, consecuentemente, para el suelo… ¡¡¡Otra nueva barbaridad!!!
Las “Comunidades de regantes” fueron un acierto porque mejoró la masa foliar de los olivos con los riegos y porque incentivaron la economía familiar, pero algunos egoístas no tiene otra cosa mejor que hacer que dormir en los olivares cuando riegan para cometer irregularidades y conseguir así que sus propiedades reciban más agua. Nos hemos olvidado de que el olivo no necesita tanta agua, es de clima mediterráneo.
¿Dónde está la causa por la que se secan cada vez más?
Antes se abonaba de manera natural, con “el estiércol” que generaban los animales pero si ahora no hay animales… ¿Qué estiércol vamos a echar?
Algunos residuos de aquellas labores he captado junto a “Miami II”:
1º.- Repartían el estiércol en montones.
2º.- Extendían por la parcela los excrementos de manera equitativa.
3º.- Araban para voltear la tierra, enterrar el estiércol, facilitarle su descomposición y así sería su asimilación por las plantas más fácil.
Ramón, que como buen fotógrafo es muy observador, me remitió unas fotos con las que pretendía concienciar a nuestros paisanos de que la ausencia del estiércol de los mulos, caballos o burros ha dado lugar a que desaparezcan de nuestro “Ecosistema” los “Escarabajos peloteros”, muy frecuentes entre nosotros en el siglo pasado.
Estos animales necesitaban dichos restos fecales para alimentarse, formar las bolas por rodamiento empujándolas de culo, guardarlas escondidas en galerías subterráneas y poner sus huevos en ellas para que, cuando nacieran sus larvas, éstas se alimentaran de ellos hasta que alcanzaran su total desarrollo.
Con este ejemplo Ramón se ha encargado de recordarnos, de ilustrarnos con sus fotos y de enseñarnos que:
1.- En la antigüedad, estos animales vivieron felizmente en nuestro entorno y nuestra labranza se los ha cargado.
2.- En la primera mitad del siglo pasado todavía jugueteaban con sus bolas en los estercoleros del pueblo.
3.- Cuando los tractores y maquinarias sustituyeron a los animales equinos en las labores agrarias emigraron y, como no han quedado familiares en nuestros campos, pues nadie sabe dónde están ahora viviendo… ¿Estarán en los países subdesarrollados?
Podría seguir recordando con añoranza la ausencia de otros animales pero prefiero que vuestras mentes trabajen un poco y piensen a qué otros os gustaría ver de nuevo.


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