Colaboración de María Moral Elvira
El
paraíso era el nombre que madre Ana
le daba a un árbol que había en un rincón apartado del patio, allí donde tenían
la cal viva en un bidón de la obra, entre miles de plantas sembradas en infinidad
de tiestos de todos los tamaños y colores. Lo mismo servía una maceta rota, que
una lata vieja de pintura o que un bote vacío de yogur. El patio estaba rodeado
de rosales, dompedros, claveles y geranios. En el medio estaba el pozo de donde
se sacaba el agua para el botijo. El patio era el corazón de la casa, donde
pasaba todo lo interesante.


