martes, 26 de marzo de 2019

NUESTRO ENTORNO


Colaboración de Paco Pérez
ALMENARA, ANÉCDOTAS
CAPÍTULO VII-E

Hoy os voy a mostrar algunos recuerdos de hechos reales y curiosos que sucedieron hace muchos años y que tuvieron como protagonistas a “cortijeros/as” y a “villargordeños”.
MOCEÁNDOSE EN NUESTRO PUEBLO
Ya comenté en otra ocasión que el señor Braulio venía a Villargordo de vez en cuando y que se juntaba con mi peña de amigos para pasear y tomar unas cervezas o unos refrescos. Quienes también venían en aquellos tiempos eran dos parejas de hermanos: Juanito y Bartolomé, los “Nietos”, y los “Papas fritas”, no recuerdo los nombres de estos dos.
 
Todos éramos unos mozalbetes, no puedo precisar cuántos años tendríamos pero lo que sí recuerdo bien es que sólo pensábamos en divertirnos. Braulio y Bartolomé eran algo mayores y entre los demás había pequeñas diferencias.
Los “Nietos” venían con más frecuencia al pueblo, tenían una casa muy grande en la calle Marqués de Mondéjar o “El Santo”, el corral era enorme y tenía unos portones en la Carretera de Torrequebradilla por los que entraban y salían los animales y los carruajes que utilizaban cuando venían del cortijo o regresaban a él. Juanito y Bartolomé eran más sociables que los otros “almenareños” y por eso guardo de esa casa un recuerdo imborrable. Cuando venían nos buscaban, en ocasiones nos íbamos con ellos a su casa y, en las cuadras y el corral, metíamos unas guerras increíbles tirándonos las pelotas de goma macizas cuando jugábamos a la “La ley”, todos contra otros. Nunca fuimos conscientes del peligro que corríamos con la insalubridad del lugar porque en el dormitorio de las caballerizas no podíamos encontrar nada más que paja, boñigas y pulgas; sin pensar nunca en la posibilidad de que si nos hubiéramos dado un pelotazo en los ojos hubiéramos tenido que trabajar en la ONCE.
En el trato mostraban un buen déficit de normalidad lingüística en el vocabulario cuando se planteaban los temas normales de la vida o cuando había que nombrar algo. Digo esto porque una noche de verano, estando sentados en la puerta del BarGafas”, se acercó el camarero para tomar nota de lo que íbamos a consumir. Cuando le llegó el turno a uno de ellos, no recuerdo cuál fue, le dijo:
- ¡¡¡Yo quiero una cerveza de naranja!!!
Como es lógico, los pocos años hicieron que el resto de los reunidos comenzara a dar carcajadas y que el autor de la respuesta ni se diera cuenta del porqué se reían pues para él no había sucedido nada raro.
DE PROCESIÓN
En esta ocasión los protagonistas sí tienen nombres concretos, Braulio y Paco Pérez.
Los hechos sucedieron durante una procesión de las que había en el pueblo durante los meses de mayo o junio, hago esta aproximación temporal basándome en estos recuerdos: La imagen salió en procesión por la tarde, había buena luminosidad y los hechos sucedieron cuando continuó su recorrido por la calle Ramón y Cajal El Pilar” después de haber pasado por GranadillosLa Parra”.
Íbamos en grupo, Braulio lo hacía junto a mí y yo, de pronto y por esa circunstancia casual, recibí sin esperarlo el recuerdo de una noticia que me habían dado en clave de rumor y no con tintes afirmativos. En la prensa hablada local se había comentado que este señor había dado los primeros pasos para ennoviarse con Mari CarmenLa hija del Lañas” o “Poco aceite” y yo, en ese momento y lugar, tuve la ocurrencia inoportuna de hacerme eco de ella y dirigirme a él para preguntarle:
- Braulio… ¿Me han dicho que has pretendido a Mari Carmen?
Él tuvo la sangre fría de seguir caminando a mi lado sin mover un músculo del rostro y sin abrir la boca para responderme. Yo, conociendo lo poco hablador que era, entendí su postura y reconocí, interiormente, que no debí entrar en su plaza a torear sin argumento pues la realidad era que me había metido en lo que no me importaba.
Estaba algo fastidiado con el análisis introspectivo del suceso y, sin esperarlo, me ocurrió algo inesperado e impensable cuando estaba muy atareado con mis pensamientos unos minutos antes… ¿Qué ocurrió?
Braulio me empujó con su hombro un poco para llamarme la atención y, cuando se la presté, me preguntó:
- ¿Qué pasa, se siente “tamareo?
Yo le contesté afirmativamente, me liberó del sentimiento de culpabilidad, esa forma que tuvo de preguntarme jamás se me ha olvidado y me enseñó que las palabras “rumor” o “habladuría” también podían tener como seudónimo a “tamareo”.



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