jueves, 25 de febrero de 2016

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SANTIAGO 1994

Colaboración de Antonio Cañas Calles
Capítulo III
EL ORIGEN DE LA ADVOCACIÓN
Con la bajada del Cristo
en las fiestas nos metemos.
Si cada año en Villargordo
estas fiestas son su centro,
hay que pararse a pensar
la causa y el fundamento
de unas fiestas seculares
que se pierden en los tiempos.

¿No es verdad que sobre todo
por encima de festejos,
verbenas y carruseles,
certámenes y otros juegos,
las fiestas de Villargordo
religiosas son primero?
Comienzan cuando se baja
al Cristo con paso lento;
terminan cuando se sube
desde la iglesia a su encierro,
y yo quiero que penséis,
aunque sea por un momento:
¿es que acaso en estos días
hay algún acto o festejo,
algún concurso o certamen
o algún acontecimiento
que podamos recordar
de los que tengan más éxito
que nos convoque a más gente,
a tantos villargordeños,
que en la bajada y subida
del Patrón de nuestro pueblo?
Podemos decir seguros,
sin que a la verdad faltemos,
que el Cristo de la Salud
es el motivo primero
de la alegría de estos días,
de que tantos nos juntemos
gozando de estar con Él,
gozando de nuestro encuentro.
Dicen los propios cronistas,
que rebuscan documentos,
que al Cristo de la Salud
el nombre le vino puesto
porque una plaga de cólera,
hace más de siglo y medio,
se extendió por estas tierras
y hubo aquí muchos enfermos.
Llenos de pánico y fe,
aquellos abuelos nuestros
quisieron sacar a Cristo
en procesión por el pueblo,
entre rezos y plegarias,
para que Él pusiera buenos
a unos cientos de vecinos
que morían en sus lechos
de tan mala enfermedad,
común en tiempos aquellos.
Dicen que el mal cesó al punto
y que el milagro fue un hecho,
y al Cristo que los salvó
de la Salud” le pusieron,
llegando hasta nuestros días
la devoción que tenemos.
Grande fue, seguro estoy,
la fe de nuestros abuelos,
como grande es hoy en día
la fe que en Él mantenemos,
o el fervor con que acudimos
a que nos saque de aprietos.
Seguro que nadie piensa
en el milagro primero
para mantener su fe
en el Cristo de sus rezos;
seguro que lo que siente,
que de su fe hace un templo,
es las veces que su Cristo
le ha consolado en silencio,
le ha dado fuerza en la vida,
o le ha curado al enfermo,
o le ha salvado del mal
que tanto estaba temiendo.
Lo que hemos visto esta noche,
que siempre recordaremos,
es una muestra evidente
del sentir de nuestro pueblo:
La multitud a su Cristo,
sea a voces o en silencio,
suplica, reza o aclama,
aplaude o lanza al viento
¡vivas! que al cielo llegan
de fervor y sentimiento
por favores concedidos
por Él como padre nuestro,
o porque en horas amargas
hace sentir su consuelo
como un hermano mayor
que nos muestra con su ejemplo
que nadie jamás como Él
tuvo tanto sufrimiento
por nuestras culpas y males,
de las que Él era ajeno.
La multitud estos días
en masa lo va siguiendo
con tal fervor y entusiasmo,
con tanta fe y tal respeto,
que la emoción que se siente
de punta pone los pelos.
Pero esa muestra de amor
tiene su especial reflejo
en unos días señalados
y hasta en un lugar concreto:
los días son el de bajada
y el de subida a su cerro,
y el lugar en ambos días
es de la Ermita su Pecho;
de tal manera que aquí
y en este mismo momento
a nuestro alcalde le pido,
y en él a todo el Concejo,
que tenga a bien aprobar
en algún próximo pleno,
ahora que a tantas calles
los nombres están poniendo,
que a aquella hermosa avenida
que por el Pecho entendemos
Pecho de la Ermita pongan
de nombre oficial; por cierto
que no es caprichosa idea,
que hay razones para ello,
y son éstas las que yo
modestamente argumento:
y es que al Pecho de la Ermita
más bien se le llama pecho,
no porque es pendiente cuesta,
es porque allí al mismo tiempo,
en la bajada y subida
del amado Cristo nuestro,
con fervor y devoción
y entre vítores y rezos,
se oye latir con más fuerza
el corazón de su pueblo.

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