lunes, 9 de diciembre de 2013

DOS AMIGAS MUY GRACIOSAS


Hace unos días, estaba con Mari en “Cafetería-churrería LUCHY” y se presentó nuestro amigo Pedro Berrio, nos acompañó y estuvimos charlando un buen rato. En el transcurso de la conversación hablamos de variados temas y sin saber cómo se metió en nuestra mesa el recuerdo de aquellas inolvidables mujeres que fueron Paula La cachorra” y Juliana.

Ambos relataron algunas de las historias que hicieron reír tanto a los villargordeños en tiempos pasados y que ellos habían escuchado de sus queridísimas ABUELAS. Cuando comprobé que había material suficiente e interesantísimo para ser publicado pues saqué mis hojillas, escribí lo que iban contando y hoy les he dado forma para que no se pierdan esos papeles.
A disfrutar con las dos amigas.
CONTADA por: Pedro Berrio Melguizo
VISITA DE CORTESÍA A UNA ENFERMA AMIGA
Paula y Rosa Cañas, abuela de Pedro, eran muy amigas y se visitaban, de vez en cuando.
A Pedro le encantaba escuchar las ocurrencias de Paula y cuando estaba en casa de la abuela Rosa, si la veía venir se escondía, le decía que le tirara a Paula de la lengua para que soltara sus dicharachos tan graciosos. Él, para que ella tuviera más libertad al hablar y fuera más espontánea, se metía en una habitación próxima y se lo pasaba bomba mientras le escuchaba sus ocurrencias.
Un día, Paula visitó a Rosa porque había estado un poco pachucha y en el transcurso de la conversación le preguntó:
- ¿Cómo estás ahora Rosa?
– Estoy muy bien, como nueva –le respondió.
Cuando escuchó Paula la respuesta de Rosa le respondió así:
- ¡¡¡Veeerá, cómo se ha repuesto la vegeta!!!
CONTADAS por: María Juliana Moreno López
Paula tuvo en su vida muchas personas amigas pero hubo una que lo fue de manera especial, la señora Juliana, ésta fue madre de la popular “Sitita”. Estos lazos de amistad los tuvieron desde siempre pero completaron esa historia juvenil de amistad cuando se casaron porque vivieron en la misma calle, Marqués de Linares, y las viviendas estaban situadas una frente a la otra.
SOBRE LA FEALDAD DE LA PERSONA
Era un día invernal, ambas amigas estaban sentadas en la acera sobre las sillas bajas de enea que había entonces en todas las casas para hacer labores artesanales, charlaban mientras tejían un jersey de lana y tomaban el sol de la tarde. De pronto Paula dejó de hablar, fijó su mirada en Juliana y ésta se sorprendió tanto que hizo lo mismo que ella y también entró en silencio. Entonces Paula recuperó la voz y le dijo:
- Juliana, llevo observándote un rato y me he dado cuenta ahora de lo fea que eres.
- ¡¡¡Miiira, leeeche, si esto me lo hubiera dicho Esperanza “La mediquilla”, que es una belleza de mujer, pues bueno está pero tú que eres todavía más fea que yo!!!
Paula, que iba buscando una respuesta graciosa de su gran amiga, rompió a carcajadas y Juliana, de inmediato, hizo lo mismo.
HACERSE LAS TONTAS
Paula y Juliana subieron un día a Jaén para realizar unas compras familiares y una vez en la ciudad pasaron por una confitería y entraron para tomarse unos dulces. Antes de que pidieran nada Juliana sorprendió a Paula porque comenzó a escenificar, sin previo aviso, el papel de una mujer con deficiencia mental. Paula le siguió el juego de inmediato sin intervenir pero preparada para ayudar si era necesario, pues vio como Juliana saltaba y a la vez pedía al confitero que le diera las migajas que había en las bandejas.
Éste quedó sorprendido y, al presenciar lo que hacía Juliana, le preguntó a Paula:
- ¿Qué le pasa a su hermana?
- Que está un poco tonta desde que nació –le contestó.
El confitero reaccionó de inmediato y le dijo a Juliana:
- No te preocupes muchacha que ya mismo te traigo unos recortes de dulces que tengo hay dentro.
Pasó el señor y regresó con un papelón enorme de recortes y se los dio. Juliana siguió interpretando su papel de retrasada mental, se los comía usando las dos manos, con glotonería y a “dos carrillos y bola en medio”.
Mientras representaba su escena Paula la miraba sorprendida y hacía gestos al confitero de que no estaba bien lo que hacía y que la disculpara. Él le respondía también de manera gestual y le  comunicaba que no se preocupara.
De vuelta en Villargordo, cuando Paula contaba la historia a sus amistades les decía:
- Se lo comió todo a cara de perro y no fue para decirme toma este trocillo. Yo la miraba y, mientras lo hacía, se me ponía el diente más largo que el del “bichejo”.
Cuando acabó de comerse su regalo, Paula le dio las gracias al confitero y éste, antes de que se marcharan, les preguntó:
- ¿De dónde son ustedes?
- De Villargordo –le contestó Paula.
Un rato después entró en la confitería otro paisano que era muy conocido en esa confitería, EnriqueEl de letras”, y el confitero le dijo:
- Enrique, hace un rato han estado aquí unas paisanas y una de ellas está un poquito retrasada.
Él se sorprendió y, como sabía que habían subido ellas también y conocía muy bien cómo se las gastaban, pues quedó en volver más tarde y se marchó sin decirle nada al confitero sobre lo que pensaba hacer. Comenzó a buscarlas por Jaén y, después de un rato, las divisó mirando en un escaparate a lo lejos, caminó hacia ellas, se hizo el encontradizo y las saludó:
- Buenos días paisanas… ¿Habéis venido de compras?
- Sí, queremos comprarnos unas telas para hacernos unos vestidos.
- ¿Tenéis mucha prisa? –les preguntó.
- No, tenemos tiempo hasta la tarde… ¿Por qué?
- Porque voy a una confitería a tomarme unos dulces y si queréis os invito.
Ellas aceptaron de inmediato y se fueron juntos. Él, mayor que ellas, las llevó por sitios diferentes a los que habían seguido ellas y cuando estuvieron dentro salió para atenderlos el confitero, el mismo que las atendió a ellas y entonces se dirigió al dependiente en estos términos Enrique:
- ¿Son éstas las individuas que han estado aquí antes?
Cuando ellas escucharon lo que Enrique preguntaba al señor que estaba detrás del mostrador, salieron corriendo y se atropellaron al querer salir a la vez por la puerta.
Cuando se marcharon, los dos hombres se rieron mucho por lo que presenciaron y entonces le dijo Enrique:
- Si tú supieras los puntos que calzan las dos no te sorprenderías por lo que has vivido.
Entonces le contó lo graciosas que eran y que por sus ocurrencias estaban de nombrería en el pueblo.
PAULA, JULIANA Y LA CARIDAD
Juliana puso en su casa unas puertas nuevas de madera y así dio a la vivienda una nueva imagen, para aquellos tiempos lo que le hizo fue una mejora de categoría social.
Una mañana estaba Paula haciendo las faenas de su casa y llamaron a la puerta, ella abrió y era un señor forastero:
- Buenos días… ¿Qué quiere usted? –le preguntó.
- Necesito que me dé algo de comida.
Entonces ella salió hasta la calle, le señaló al hombre la casa de Juliana y le dijo:
- Ve usted la que tiene unas puertas nuevas, pues vaya usted ahí, la señora tiene dinero y es muy caritativa. Nosotros somos gente pobre y no podemos ayudarle.
El hombre se encaminó hacia la casa de Juliana y llamó. Ella estaba haciendo también sus labores de limpieza y salió a la puerta vestida de trapillo y con los pelos alborotados. El pobre cuando la vio le dijo:
- Dígale a la señora que salga.
Juliana entró, le dio lo que pudo y antes de que se marchara le preguntó:
- ¿Quién le ha dicho a usted que viniera a mi casa?
- La señora de aquella casa.
El hombre, mientras le contestaba señalaba con la mano la casa de Paula.
Cuando se marchó Juliana se fue derecha hasta la casa de su amiga, ésta estaba detrás de la puerta esperando su llegada y riéndose. Juliana le dijo muy cabreada:

- ¡¡¡Escúchame bien Paula, que sea la última vez que mandas pobres a mi casa, si tú no quieres darles nada se lo dices a ellos en la cara y a mí me dejas en paz!!! 

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