jueves, 1 de noviembre de 2012

ESTAMPAS COSTUMBRISTAS DE LAS FIESTAS DE LOS “SANTOS” Y DE LOS “DIFUNTOS”
EN
Villargordo (JAÉN)


Colaboración de Tomás Lendínez García

Antiguamente las mujeres también visitaban en los últimos días de octubre el cementerio para ir adecentando las tumbas y los nichos de sus seres queridos, lo hacían más por vanidad que por honrar la memoria de sus muertos. En aquellos años esta labor no resultaba fácil, era una tarea más bien imposible dado el más estado y abandono en que estaba el cementerio.
La mayoría de los difuntos estaban en fosas señalizadas con un rectángulo de piedras del tamaño de un puño. En esas fechas se adecentaba ese espacio mediante la limpieza de las hierbas del rectángulo, colocando bien las piedras, blanqueándolas, poniéndole en la cabecera una cruz de madera o con palos atados, colocándoles en el suelo algunas flores y encendiéndoles algunas mariposas.

Las pocas bóvedas que había se acondicionaban con el blanqueo y con pintura negra se les dibujaba una cruz y se le escribían las iniciales del difunto, eran muy pocas las que tenían lápida. Pocas flores se ponían entonces y las luces eran las mariposas encendidas que flotaban en los vasos con aceite. Antes de las reformas algunos vecinos pedían permiso al Ayuntamiento y ellos hacían, con los materiales más rústicos del lugar, piedras vivas y toscas, algo parecido a una bóveda. Al no haber un plan municipal cada cual la edificaba donde quería. Cuando se hicieron las primeras tandas de nichos estos cadáveres fueron trasladados a los nuevos.
Las viejas paredes que lo rodeaban estaban cubiertas de musgo, eran de muy poca altura y estaban en mal estado de conservación, hasta el punto de que había rotos en ellas y esto facilitaba que los perros entraran allí con suma facilidad. Una vez dentro ocasionaban destrozos y ponían al descubierto los cadáveres, sacando fuera del recinto los huesos de los difuntos. El interior, debido al nulo cuidado, parecía un bosque porque crecía la maleza de manera espontánea y esta circunstancia permitía que los conejos encontraran allí acogida para comer y ocultarse. Las raíces crecían silvestres, removían la tierra y con ello afloraban las calaveras y los huesos de los difuntos enterrados bajo ellas.
Estas dantescas estampas se podían ver desde el exterior gracias al mal estado del cercado. Por ello los vecinos cuando pasaban por allí lo hacían con recelo, temor supersticioso y sintiendo escalofríos y espanto. Todo esto ocurría porque se murmuraba por el pueblo que alguna que otra vez se habían visto a los difuntos caminar por entre la maleza, que lo hacían alumbrándose con huesos encendidos a manera de antorchas y que éstas despedían parpadeantes y azuladas llamaradas, éstas podrían ser los fuegos fatuos que se producen cuando los gases que se desprenden de la materia orgánica en descomposición se ponen en contacto con el aire.
En 1922, siendo alcalde D. Tomás García Ciprián, al primitivo cementerio se le realizaron labores de reconstrucción para adecentar el estado ruinoso que ofrecía. La siguiente reforma se realizó en 1926, siendo su impulsor D. Ángel Méndez Orbegozo.

En esas fiestas, cuando éramos niños allá por las décadas de los años 50 y 60, vivía entonces un personaje que era muy querido por los peques, D. Arturo López. Él era quien pintaba en los nichos las cruces y usaba en su trabajo: una regla, pinceles de distintos números, aguarrás, trapos blancos y latas de pintura negra y de tamaño pequeño.
Los niños formábamos un corro alrededor suyo para observarlo mientras trabajaba. Como es lógico él cobraba por este trabajo a los familiares del difunto, pues con estas cosillas y otras de parecida envergadura se ganaba la mísera vida bohemia que llevaba.

 El día de difuntos, después de hacer la visita al viejo y derruido cementerio, se acudía a la parroquia para oír y ofrecer misa de ánimas. Después siempre había alguna abuela de boca desdentada que, caminando para el cementerio con vacilantes y trémulos andares y embozada en un amplio manto negro, se mostraba solícita y complaciente mientras se ofrecía para rezar el rosario, la acompañaban otros fieles y ella lo aplicaba y ofrecía a los muertos.
Al atardecer las campanas comenzaban a doblar y estaban así durante toda la noche. Los monaguillos y el sacristán permanecían en el campanario y, para mitigar el frío de la noche, encendían una hoguera y daban a la torre de la iglesia un aire fantasmal, difícil de describir por los vecinos que aún recuerdan esta antigua tradición. Las mujeres, al escuchar el lúgubre y triste tañer de las campanas, decían:
¡¡¡Callad, son las ánimas, rezad por ellas!!!

En las casas las mujeres encendían candelillas, “mariposas” es el nombre que se les dice y decía en Villargordo, hoy se usa este formato más limpio y cómodo de mantener. Musitaban el nombre de la persona fallecida mientras las encendían y dejaban caer sobre el aceite. Si la candelilla se apagaba quería significar que el alma del difunto nombrado ya había cumplido la pena impuesta y si continuaba encendida la respuesta era que el fallecido aún continuaba pagando sus culpas y pecados.
Después de la cena se reunían parientes, familiares y vecinos junto al fuego y se comían las castañas asadas y las gachas dulces, plato muy tradicional en esta festividad. Las gachas que sobraban se guardaban en un puchero, salían en grupo por las calles y tapaban con ellas las cerraduras de las casas. Esta costumbre antigua se basaba en la creencia de que así las almas de los difuntos que en esa noche vagaban de un lugar para otro no podrían entrar por ellas.
En estas reuniones se contaban cuentos y narraciones de fantasmas y aparecidos donde los difuntos representaban el papel principal. CASOS locales muy populares:
1.- En una apuesta un mozo quiso demostrar su valentía y arrojo, fue hasta el cementerio en la noche de los “Difuntos” y, para dar testimonio de que había estado allí, cogió uno de los farolillos con los que en esa fecha se adornan y alumbran tumbas y nichos. Al intentar salir del lugar sus ropas quedaron prendidas en los hierros que rodeaban la tumba, creyó que era el difunto quien lo retenía, que había salido de la tumba y que le tiraba, el susto fue tan grande que murió en su gesto ostentoso de valentía juvenil.
2.- Un matrimonio de ancianos estaban acostados esa noche de “Difuntos” y de pronto, como caído del cielo, un gran peso se interpuso entre ellos. Asustados y llenos de temor se quedaron sin alientos para incorporarse,  encender el candil y comprobar qué había pasado. Tras preguntarse uno al otro qué había ocurrido, casi sin aliento y de común acuerdo, comenzaron a vociferar:
- ¡¡¡Dinos qué es lo que quieres, ánima bendita, y así lo haremos por ti; después vete en paz y déjanos descansar!!!
Una y otra vez repetían la misma petición, mientras oían el toque de difuntos que las campanas lanzaban al doblar.
Cuando la difusa luz del amanecer entró por el postigo del ventanuco que había en la habitación e iluminó la estancia entonces pudieron descubrir que el peso que había entre ellos era sólo un gordo y hermoso melón que tenían colgado en el techo de una tomiza, la que estaba atada en una viga y que, al haberse partido ésta, originó que el melón cayera sobre la cama de los ancianos.
3.- El enterrador, un anochecer, se encontraba cavando una fosa que al día siguiente haría falta para en ella enterrar a un difunto. Se enderezó para liar un cigarro y vio andar, por entre la maleza, a una calavera. Un sudor frío recorrió su cuerpo y las pupilas se le agrandaron por obra y gracia del pavor que le producía el insólito hecho que estaba viendo. Soltó el azadón, salió del hoyo dando un salto y corrió mientras daba gritos hasta llegar a su casa. Tranquilizado por la familia y los vecinos volvió con ellos al cementerio y descubrieron que era una de las muchas ratas que allí siempre había. Ésta se había metido dentro de una hueca cabeza y, con desesperación, intentaba salir de ella sin conseguirlo, esta casualidad fue la que le hacía ir de un sitio para otro.
Así lo escuché de mis antepasados y de personas mayores ya fallecidas, hoy os lo cuento para que el hecho de compartirlo permita que nuestra historia local en esta temática no se olvide.

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